Es así
2 de noviembre de 2026
Hoy mi hija me volvió loco.
Adita está por cumplir tres años, para ponernos en contexto: una edad particular, complicada. Aunque alguien podría pensar que todas las edades tienen sus complicaciones, y probablemente tenga razón.
Desde temprano estuvimos jugando en la casita que le armó mi mujer. Yo alternaba entre jugar con ella, ordenar un poco la casa, hacer de comer y llevarla al baño.
Más tarde salimos a hacer unas compras. En el primer negocio quiso un huevo Kinder, y como no se lo permití, llegó la primera crisis de llanto. Después, camino al supermercado le dije que le iba a comprar otra sorpresita. Con bastante paciencia logré que dejara de llorar. Entró corriendo de la alegría, tropezó y se cayó de cara. Segunda crisis de llanto, mientras la gente nos miraba y me preguntaba si estaba bien. «Sí, todo bien, no se hizo nada», les decía mientras Adita me gritaba en la oreja.
Traté de hacerla reír, le di un huevito no Kinder para que esté contenta, y la llevé a upa hasta que mis brazos no dieron más. Crisis superada. La bajé y corrió por todo el supermercado, agarró algunos productos de los estantes, hizo caer otros, y cuando vio la puerta del baño me pidió ir a hacer pis, por undécima vez en la mañana.
A la tarde no hubo manera de hacerla dormir la siesta. Ni en su casita ni en la cama. Para ella todo era un juego. Me dije: «Bueno, que haga lo que quiera», y me tiré a intentar dormir un rato. Fue en vano: se me subió encima y empezó a saltar. Ni siquiera me molesté en decirle que no lo hiciera: mis energías estaban en cero.
Viendo que no se dormía y con algunas dudas, salimos para la casa de unos amigos. La subimos al auto contra su voluntad y ya en casa de ellos no compartía los juguetes con los otros chicos y estaba en una actitud medio rebelde. A la vuelta lloraba en el auto porque se le caía un peluche al piso.
Era domingo y al otro día tenía jardín, así que mi mujer la metió en la bañera. Yo me puse a tocar la guitarra para darle un poco de oxígeno al cerebro.
En un momento mi mujer me llamó para que fuera a ver algo: Adita se estaba dejando lavar el pelo sin ningún problema. Hasta hoy, cada vez que intentábamos mojárselo, se desataba una crisis de llanto. Pero esta vez había descubierto cómo tirar la cabeza hacia atrás y evitar que le entrara agua en los ojos. Mi mujer la lavaba mientras ella, dentro de la bañera, se reía y disfrutaba. Me miró y le dije: «¡Qué bien, hijita!». Parecía un milagro.
Minutos después, antes de cenar, hicimos una breve oración como de costumbre y, al terminar, Adita gritó: «¡Amén!».
Qué decir. No tiene una explicación demasiado coherente, pero estos momentos valen cada cana nueva, cada nervio que no se regenera y cada nudo en la cervical. Es así.