Por fin llegaste. Se hizo larga la espera.

Naciste diez días antes de lo previsto, y pesaste más de cuatro kilos. No hubo obstetra en el hospital que no felicite a tu mamá por el trabajo que hizo trayéndote a este mundo.

Te esperábamos. Quién iba a imaginar que en nueve meses iban a entrar tanta alegría, tantas expectativas, tanto miedo y tantos kilómetros. Pero ya estás acá, y por momentos, cuando lo pienso, parece increíble.

Llegaste a una familia de tres y la convertiste en una de cuatro.

Tenés una hermana mayor, y en eso tenés algo en común conmigo: somos hermanos menores. Te quiero contar que tener un hermano —o hermana— es una de las mejores cosas que te pueden pasar. No solo vas a poder disfrutar una amistad de una profundidad infinita, sino que además, un hermano mayor va siempre delante tuyo, abriendo camino como un rompehielos. La vida es más fácil cuando alguien va siempre dos pasos por delante para mostrarte los obstáculos y los atajos.

Probablemente, algún día, heredes algunas cosas más o menos importantes de nuestra familia, y otras no tanto. Vivimos en Italia y somos italo argentinos, así que seguramente heredarás una mezcla de culturas, un par de ciudadanías y alguna que otra curiosidad. Tal vez alguna casa, algún dinero. Espero que no heredes ninguna deuda, ni mucho menos ningún miedo.

Pero hay una herencia que nos importa mucho más que todas las demás.

Queremos que algún día entiendas que, antes que italiano o argentino, antes que hermano, nieto o cualquier otra cosa que puedas llegar a ser, sos hijo de Dios.

Podrás cambiar de país, aprender otros idiomas, tener uno o varios pasaportes, vivir en una casa o en otra, ganar dinero o perderlo, sentirte orgulloso de algunas decisiones y avergonzarte de otras. Todo eso forma parte de la vida, pero es secundario.

Tu identidad más importante no va a venir de nosotros, ni de dónde elijas vivir, ni de lo que tengas. Va a estar en saber quién sos y de quién sos: hijo de un Dios que te ama sin condiciones.

Vos no pediste nacer. Esa fue una decisión nuestra. Y por eso, desde el primer día, tu vida es nuestra responsabilidad.

Durante muchos años vamos a tener que tomar decisiones por vos. Algunas te van a gustar y otras no. Cuando seas chico, probablemente muchas veces no entiendas por qué mamá y papá te dicen que no, por qué hay cosas que no podés hacer o por qué insistimos tanto con algunas otras.

Con el tiempo, todo será un poco más claro. Poco a poco, vas a decidir cada vez más por vos mismo, sobre cosas cada vez más importantes. Hasta que algún día eso ya no nos va a corresponder a nosotros.

Mientras tanto, habrá decisiones que tomemos convencidos de que son las mejores para vos y que, con los años, quizás descubramos que no lo fueron. Habrá momentos en que no sepamos qué hacer y momentos en los que vamos a necesitar pedirte perdón.

Quizás, cuando tengas hijos, termines de comprender el porqué de algunas cosas. Inevitablemente, vas a tratar de no cometer los errores que cometimos nosotros. Y probablemente también vas a cometer algunos que nosotros nunca cometimos.

Ser padre me ayudó a entender un poco mejor ese amor incondicional del que te hablaba. Y así te vamos a amar en casa. No importa si las cosas no salen como esperabas, no importa si sentís que fallaste en algo. Siempre vas a poder contar con nosotros.

Ahora estamos los cuatro en casa.

Vos, tu hermana, mamá y papá.

Bienvenido a la familia, mi pequeño Sam.

Te estábamos esperando.